miércoles, 28 de marzo de 2012

Arte sacro

Los pobres artistas, que, anacrónicos y megalómanos, sueñan Renacimientos a su medida, no hallan sitio para su brocha tras los ploteados que cuelgan de las paredes de las nuevas iglesias, como burdos colgantes de acrílico penden del cuello de una quinceañera ; ni mecenas de sotana con delirios de sublimidad y claro perfil de voyeur. Si no que, fabricando a la espera de tarea o contratador semejante, un dios de entrecasa tan desmesurado que jamás conseguirían sacar por la puerta del cuchitril en que trabajan, reciben un día u otro el pedido de una imagen de culto y, temblando el pulso de paganismo y responsabilidad, extraen de sus manos un dios del Popol Vuh, de Ovidio, de Milton, de Lovecraft, como si sus dedos sucios de polvo y chicharrón rozaran con impunidad en ese acto el exquisito dobladillo del manto del Absoluto, y pudieran al otro día, descarada e indolentemente, volver a la oscura banalidad de sus tareas cotidianas.

Obatalá.
 Deidad principal del panteón yoruba.

(Figura cultual en Masilla epoxi)








viernes, 2 de marzo de 2012

Reflexiones de un artista venal/ Ruminations of a venal artist

Llegado marzo un sinfín de jerarquías se degrada: los emperadores del verano vuelven a su estatus de bacheros de la cotidianeidad, y la compensación entre sus osadías estivales y sus humildes genuflexiones de marzo a diciembre vuelve a equilibrar el eje terrestre; las aéreas reinas son derrocadas en un perverso complot entre los asados, la cerveza y el giro gradual del calendario (exento a partir de ahora el maya, que en el final de su vigencia nos ahorró la fiesta de despedida tan largamente prometida), regresadas al poco bucólico cultivo de la celulitis y las estrías que las atareará o atormentará la próxima primavera, cíclica condena digna de una tragedia griega; la melanina acumulada por las pieles padece bajo los uniformes la negación de un par de bellas pero escandalosas alas, y el sudor, que bruñía las formas, verdea las camisas, llena los fundillos de un sentimiento de intrusión e infunde a las figuras, ahora ensilladas, la sensualidad que emana del contenido de una heladera de supermercado chino tras un apagón de 16 horas.  Con mi bronceado gris y poco salobre, aislado del mar por la literatura y la mala crianza, he jugado al indigente en ciudades ajenas, lo que para la mayoría de nosotros es el equivalente del turismo, y, desde mi banquito de trabajo, que se solaza planeando mis calambres del futuro, he recorrido con mi lápiz tantas caras y he visto a tanta gente a los ojos que, casi aterrado, arrojo al fuego mis títulos estivales y me sumerjo gozoso en la estrecha mina (abandonada quizá por algún enano poco laborioso) de la que extraigo el derecho, más que al hambre saciada, a la avidez del aire y del recuerdo ajenos.