lunes, 7 de julio de 2014

De la vida de las marionetas


No. No estoy tratando al pobre Franz de mentiroso. Las historias y sus implicaciones simbólicas no son tan simplistas, no pueden serlo. Lo que hago, más bien, es ver la tragedia y la angustia del muñeco de Collodi, su rol de víctima de un mundo caprichoso y enfermo que no está preparado para enfrentar. Un niño que, como Gregorio Samsa, vive al borde de la certeza de su propia humanidad, cuestionada constantemente por quienes le rodean; que, como el Karl Rossman de "América" busca sin cesar a su figura paterna, lleno del terror y la culpa de decepcionar su bondad ideal, en medio de un montón de pillos que lo arrastran a las situaciones más angustiantes y de mujeres ambiguas, maternalmente generosas y sádicas; que, como el desventurado Joseph K, se ve obligado a transitar un sistema incomprensible, de guardias, jueces y médicos inhumanos e incoherentes. Incluso me atrevo a aventurar que quien no sepa ver la angustia del muñeco de Collodi, quien necesite de complicadas fórmulas retóricas para ver reflejada la angustia existencial, ha dejado morir irremediablemente su sensatez infantil, y tenga por seguro que jamás la recuperará. 
Ah! Y un detalle más: Para aquellos que extrañen la presencia del grillo en la escena, al estilo Disney, les espera una decepción (o acaso un alivio), ya que Pinocchio, con la sabiduría que sólo un niño puede demostrar, se sirvió matar a la infortunada criatura con aires de conciencia de un zapatazo en su primera aparición.
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