lunes, 6 de abril de 2015

De pequeños príncipes alegremente domesticados...


Cuando, hace poco, se cumplieron los 70 años de la muerte de Saint Exupéry, ciertos oportunistas indeseables acudieron corriendo a apropiarse de su obra, algunos de las formas más chabacanas y vulgares que uno pudiera llegar a imaginar. En medio de un sinnúmero de expresiones de indignación y descontento, un grupo de ilustradores se dio cuenta que esa fecha, además de posibilitar la chapucería y el oportunismo, daba la chance de oponérseles a través de un contenido elaborado con respeto y calidad. De modo que se dedicaron a convocar ilustradores que estuvieran dispuestos a colaborar desinteresadamente en un proyecto que pusiera a "El Principito" al alcance de todo aquel que tuviera acceso a las redes y en una versión que se caracterizara más por ser un tributo a la obra, que un fruto del interés editorial.
Así, junto a más de cien ilustradores latinoamericanos, fui invitado a participar del proyecto, llamado Invisible a Los Ojos, el cual pueden encontrar en Facebook con facilidad.
Los capítulos se sortearon y, para grata sorpresa, me tocó en suerte ilustrar el capítulo 21 que, además de ser el favorito de muchos, resulta que fue, durante muchos años el único que había leído.
Y es que, más allá de mi temprano gusto por la lectura, en casa teníamos unos pocos libros, entre los que se contaban algunos pertenecientes aquellas antiguas ediciones escolares, que recopilaban relatos y extractos de obras variadas de la literatura infantil y juvenil. Entre estos se hallaba uno en particular, cuyo nombre se me ha borrado, pero que recuerdo que estaba forrado con un papel de un color crudo amarronado, tan poco apropiado para un contenido que debía interesar a los niños, que carecía de ilustraciones, y que entre otras lecturas contenía ése y sólo ése capítulo.
Recuerdo haberlo leído infinidad de veces hasta los 8 o 9 años, cuando una mudanza abrupta dio cuenta de gran parte de mi biblioteca. Y recuerdo que al leerlo, mi poca capacidad de comprender realmente su significado se mezclaba en mí con cierta melancólica emoción de niño-zorro, de niño-principito errando en busca de un significado para la cruel simplicidad cotidiana.

Tal vez esta anécdota suene demasiado conveniente para ser creíble, demasiado amanerada y falsa, y tal vez lo sea, como lo son todas las vivencias importantes cuando tratamos vanamente de compartirlas con los demás.
Mejor quédense con la imagen resultante de este recuerdo, y olviden las palabras, que al fin y al cabo no son lo mío...

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