En aquel tiempo,
cuando todavía temíamos a la naturaleza por sobre todo lo demás, cuando nos
sentíamos tan impregnados de ella que nos llenaba de miedo e incertidumbre la
idea de vernos desamparados de la seguridad de nuestra manada, no fueron pocos
los horrores que soñamos. Vimos nuestro propio rostro distorsionado por la soledad,
vimos nuestras manos, libres de las miradas de nuestros vecinos, libres para el
crimen, y, para no enloquecer, pusimos a aquel reflejo un nombre distinto del
nuestro, una identidad aparte que nos absolvía. Un nombre que enseñamos a temer
a los niños, que asignamos al autor de nuestros excesos más infames, que
atribuimos a un ser tan monstruoso e inhumano, con tan fantásticos atributos
que jamás podría ser identificado con nosotros. Así la criatura cobró
autonomía, envuelto en la impunidad de la que lo investimos, y aterrorizó, y
violó, y mató, y bebió la sangre de nuestros niños. De modo que crecimos y
contamos la historia a nuestros hijos y a nuestros nietos, que cubrieron de su
sombra sus propios horrores y vergüenzas. Pero ocurrió que un día, la impunidad
nos embriagó, o caducó la mentira, o mermaron los rincones oscuros y amables
para el crimen. Entonces, el nombre de la bestia se volvió anécdota, tradición,
literatura: Ya no bastaba para nominar los horrores, ya no nos eximía, sólo nos
quedaba comenzar a culparnos unos a otros. Y así fue, finalmente, cómo el más
débil, el más molesto, ocupó para siempre el lugar de los monstruos...
Blog de Carlos Dearmas o la búsqueda de un prozac sin recetas/ The Carlos Dearmas blog or the seek of an over the counter prozac.
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viernes, 29 de abril de 2016
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