viernes, 29 de abril de 2016

Sobre el Mohán y otras criaturas siniestras

En aquel tiempo, cuando todavía temíamos a la naturaleza por sobre todo lo demás, cuando nos sentíamos tan impregnados de ella que nos llenaba de miedo e incertidumbre la idea de vernos desamparados de la seguridad de nuestra manada, no fueron pocos los horrores que soñamos. Vimos nuestro propio rostro distorsionado por la soledad, vimos nuestras manos, libres de las miradas de nuestros vecinos, libres para el crimen, y, para no enloquecer, pusimos a aquel reflejo un nombre distinto del nuestro, una identidad aparte que nos absolvía. Un nombre que enseñamos a temer a los niños, que asignamos al autor de nuestros excesos más infames, que atribuimos a un ser tan monstruoso e inhumano, con tan fantásticos atributos que jamás podría ser identificado con nosotros. Así la criatura cobró autonomía, envuelto en la impunidad de la que lo investimos, y aterrorizó, y violó, y mató, y bebió la sangre de nuestros niños. De modo que crecimos y contamos la historia a nuestros hijos y a nuestros nietos, que cubrieron de su sombra sus propios horrores y vergüenzas. Pero ocurrió que un día, la impunidad nos embriagó, o caducó la mentira, o mermaron los rincones oscuros y amables para el crimen. Entonces, el nombre de la bestia se volvió anécdota, tradición, literatura: Ya no bastaba para nominar los horrores, ya no nos eximía, sólo nos quedaba comenzar a culparnos unos a otros. Y así fue, finalmente, cómo el más débil, el más molesto, ocupó para siempre el lugar de los monstruos...

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