jueves, 24 de septiembre de 2009

El invierno ha sido largo, podría decir que incluso para los que amamos el frío, con sus calles vacías, de chusmas refugiadas a regañadientes, y con la impagable sensación de una sopa caliente, una ginebra o una trémula mañana que se niega a abandonar las exigüas frazaditas, podríamos decir que es un placer burgués a lo Tomás de Quincey, y que incluso puede disfrutar alguien que, como él, durmiera en el piso de casas vacías de gente de moralidad dudosa; es decir, un placer de burgueses y de hombres con alma de camello.
Y, aunque no nos hallamos encontrado tan a menudo por aquí, no se podría decir que estuviese ejerciendo mi oficio de bohemio papamoscas a tiempo completo. No, señor. También me he hecho el tiempo para fraguar mi supervivencia. Y en prueba de eso he pensado traerles algunas muestras de mis emprendimientos invernales.
A falta de espacio, interés y paciencia me limito a mostrarles el artículo que tuvo el éxito más considerable de toda mi producción, a fin de que cuando lo vean portado por alguna dama, de personalidad respetable y profesionalidad reconocida, el conocimiento del canal artístico que lo concibió le impida hacer un juicio apresurado y desfavorable de su persona.
Para las y los de ojo más ambicioso, les pido disculpas por anticipado por la falta de mejor definición fotógrafica: los aproximados seis centímetros de altura del sujeto, que corona un pinche de sostener chales, y mi poca habilidad con la cámara no permitieron una visión más clara. De todos modos, no dejarán de notar que a estos caballeros les pasó el invierno por un costado, y que a sus compradoras no... No dejen de regalarle uno a sus mamás.
Buenas noches.






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