miércoles, 28 de marzo de 2012

Arte sacro

Los pobres artistas, que, anacrónicos y megalómanos, sueñan Renacimientos a su medida, no hallan sitio para su brocha tras los ploteados que cuelgan de las paredes de las nuevas iglesias, como burdos colgantes de acrílico penden del cuello de una quinceañera ; ni mecenas de sotana con delirios de sublimidad y claro perfil de voyeur. Si no que, fabricando a la espera de tarea o contratador semejante, un dios de entrecasa tan desmesurado que jamás conseguirían sacar por la puerta del cuchitril en que trabajan, reciben un día u otro el pedido de una imagen de culto y, temblando el pulso de paganismo y responsabilidad, extraen de sus manos un dios del Popol Vuh, de Ovidio, de Milton, de Lovecraft, como si sus dedos sucios de polvo y chicharrón rozaran con impunidad en ese acto el exquisito dobladillo del manto del Absoluto, y pudieran al otro día, descarada e indolentemente, volver a la oscura banalidad de sus tareas cotidianas.

Obatalá.
 Deidad principal del panteón yoruba.

(Figura cultual en Masilla epoxi)